El Valedor

Por Tomás Mojarro

¿Por qué es difícil dejar el tabaco?

Posted by Tomás Mojarro on Junio 3rd, 2009

Así mismo mandamos que ningún pulpero, ni otra persona pueda vender, dar ni llevar a la dicha ciudad de Panamá tabaco, por ser considerado el tabaco como hierba prohibida y dañosa en la dicha ciudad y su tierra (…) Y permitiremos que cada boticario pueda tener en su botica dos libras y no más… -Recopilación de las leyes de las Indias, 1680-El rechazo al tabaco ya desde entonces, y hasta hoy. El domingo anterior, mis valedores, se celebró el Día Mundial sin Tabaco, motivo por el cual me avoqué a los documentos que aluden al cigarrillo, y lo primero de que me fui a enterar: que sus 4 mil agentes nocivos matan a la mitad de los consumidores, y la mitad restante el cáncer pulmonar. Y es como para preguntarse: ¿por qué, entonces, fuman los adictos?, y el estudioso:

El error de las campañas contra el tabaco es que raras veces se aborda la raíz del problema: ¿por qué fuma la gente? ¿Algo que ver con la afición a las drogas? No, por supuesta La nicotina produce el hábito, pero no es, en modo alguno, el factor más importante. Muchos fumadores no se tragan el humo y sólo absorben una cantidad mínima de la droga. La causa de su afición a los cigarrillos debe buscarse en otra parte.

¿Dónde debe buscarse la raíz del problema? ¿Por qué un hábito tan arraigado, que advertir a los fumadores sobre los riesgos del tabaco es insuficiente? ¡Porque el cigarro sustituye al pezón materno! El especialista:

“La solución está, indudablemente, en la intimidad oral inherente al acto de sostener al objeto entre los labios, y esto nos da también la explicación fundamental de la conducta de quienes se tragan el humo. Mientras no se investigue adecuadamente este aspecto del acto de fumar, tendremos pocas esperanzas de eliminarlo de nuestras sociedades, llenas de tensiones y afanosas de tranquilidad.

Muy claro el fenómeno de sustitución, por un objeto inanimado, de una intimidad verdadera con un ser humano, que nos lleva al principio de toda la historia: el momento en que la madre inconsecuente introduce un chupón en la boca del hijo lloroso, y la goma sustituye al pezón. Así, los niños están menos predispuestos a chuparse el dedo (alternativa evidente a falta de un pezón que les dé la necesaria tranquilidad). Los chupones producen un asombroso efecto calmante en los niños inquietos. Se ha descubierto que a los treinta segundos de tener el chupón en la boca, el llanto se reducía a una quinta parte de su intensidad primitiva, y los movimientos de manos y de pies, a la mitad.

Todo esto significa que el hecho de tener algo entre los labios constituye una experiencia tranquilizadora para el humano, ya que representa un contacto sedante con la protección primaria, la madre. Es una poderosa forma de intimidad simbólica, y cuando observamos a un viejo chupando con fruición su pipa, ello pone en evidencia que esa es una práctica que nos acompaña durante toda la vida, porque el humano se ve obligado a adoptar chupones disimulados de diferentes clases. El cigarrillo es, al menos en este aspecto, un objeto ideal, porque es propio, en exclusiva, de los adultos. El hecho de que esté prohibido a los niños significa no sólo que no es infantil, sino que ni siquiera lo parece y, por consiguiente, que es absolutamente ajeno al contexto de la succión del bebé, donde está su verdadero origen.

La pipa, el cigarro puro, el cigarrillo: el objeto produce un tacto suave a los labios y es calentado por el humo, lo cual lleva a semejarse aún más que el chupón al pezón de la madre. Además, la sensación de chupar algo y de tragarlo aumenta semejante ilusión, porque se plantea una nueva ecuación simbólica: el humo cálido inhalado es igual a la leche caliente de la madre…

Es extraño que aún no se invente el artilugio blando y resbaladizo al mismo tiempo (una boquilla de goma, pongamos por caso). Pero tal vez este no se disimularía lo suficiente, se parecería demasiado a la teta materna, y entonces cómo pudiese el adulto conservar su respetabilidad. Y algo más: que la desproporcionada cantidad de tabaco que hoy se consume en el mundo demuestra que existe una inmensa demanda de actos tranquilizadores “de intimidad simbólica”, y que si se quiere, de veras, eliminar los efectos secundarios de este tipo de comportamiento, se requiere conseguir la adecuada reducción de las tensiones de la población, algo punto menos que imposible, o se tendrán que inventar otras alternativas. Como de momento hay poquísimas esperanzas de lograr esa primera opción, se tendrá que acudir a la segunda. A querer o no. Y qué hacer. (Lástima.)

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Cascajo y mundo nuevo

Posted by Tomás Mojarro on Junio 2nd, 2009

Los documentos apócrifos, mis valedores. Uno de ellos, falsamente atribuidos al soldado cronista Bernal Díaz o a alguno de sus paisanos, es éste que alude al episodio de la “noche triste”, que fue la del triunfo efímero de los guerreros ocelotes y guerreros águilas y que aquí finaliza con los gritos destemplados de don Hernando el conquistador ante el espectáculo de las aguas broncas que engullían mulas, caballos y tandadas de aborígenes pesados por el áureo metal. “¡Nadad tlaxcaltecas, nadad hasta la otra orilla! Y vos, Señor Santiago, acorrednos”.

Don Hernando Cortés encaraba a los naturales que nos seguían zurrando con sus primitivos misiles (y forzábannos a zurrarnos del puro temor): “¡Ay, jijos! ¡Pero qué jijos!” Corcoveando su penco en la orilla de la acequia, el capitán de Castilla desgañitábase:

- ¡Nadad, con una tiznada! ¡Tlaxcaltecas, no os ahoguéis en un vaso de pulque, que orita, con esa carga, valéis vuestro peso en oro!”

Fue entonces: mirando el desastre don Hernando se rajó, de plano; rajueleó, y reculando (en el buen sentido del término castellano) fue y se sentó al pie del árbol de la noche triste, y ahí se puso a tristear. Nos, en derredor del, hicimos corte de caja de vivos, muertos, agónicos y desparecidos, viniendo a dar en que esa noche habíanse ido a gozar las delicias de la gloria eterna un tercio de castellanos, amén de cabalgaduras, mulas y tlaxcaltecas con su cargazón de metal; mala consejera es la codicia y rompe el saco, según reza el cantar. Daos a la codicia y habréis de terminar nadando así, de muertíto…

Total, que en el lance malaventurado los tercios de sus Católicas Majestades habían perdido casi tantos oros como los que han perdido y siguen perdiendo los naturales con el Fobaproa y la deuda externa, las devaluaciones del peso y el rescate carretero, las demenciales riquezas de sus tlatoanis y toda la corrupción lucrativa e impune de su Sistema de poder. Mirando talegas y quimiles desaparecer en las barrosas aguas de la acequia, se lamentaban y la mentaban los esforzados de España: “Lo del agua al agua…”

Y ándenle, que de repente ahí, en medio de la noche, óyese un suspiro profundo, y el capitán de los tercios españoles: “Con este tercio no me levanto”. Pero, ¿y eso? ¿Seria posible? ¿No nos engañaban las niñas de nuestros ojos? Allí vimos que el gran capitán se nos soltaba llorando a mares, arroyos, charcos y lodazales, desmorecido y embijándose de mocos y lágrimas la barba bermeja. Uno de los tlaxcaltecas le aprontó una toallita de papel.

- Ay, hijo, qué pena, díjole don Hernando. Cuánto más os hubiese valido el haberos quedado en vuestros jacales…

- Qué va, mi señor -contestóle el otro, prieto él, dientes de oro, los ojillos jalados y lampiño de su cara (a lo mejor de allá también; caras vemos, peluseras no sabemos). No se arrepienta de habernos acarreado hasta acá, que nosotros no nos arrepintemos, ¿verdá, tú, Cacomixtlin?

- Así es, don Cortés. Mejor arriesgar la  cuera en estos jelengues que no seguir en plan de juandiegos allá en Tlaxcala.

- Pero os he traído a esta vida arrastrada donde arriesgáis la pelleja.

- Mire hacia el valle, mi señor. ¿Qué observa en Anáhuac?

- Para observar valles está mi ánimo, cuitado de mí.

- Mírela, y mire si valen o no los peligros en que nos metimos, si con ellos logramos destruir este mundo para encima del cascajo alzar uno nuevo.

- No me parece lo que decís, porque miro cúes y templos de grandísimo primor en una ciudad de encantamiento, que no parece sino salida de los libros de caballerías de Amadíz o de Lanzarote

- ¿Y más allá de los templos y cúes primorosos que ve su merced? Millones de chozas, covachas, ciudades perdidas, arrabales y muladares donde sobreviven en la miseria los macehuales que edificaron templos y cúes. Entre el templo aquel y la choza, mi señor, ¿qué tamaño le advierte a la justicia? ¿Columbra por ahí a la tal? ¿Nosotros preservar un mundo donde los ricos Slim son unas cuantos y los macehuales millones, hundidos en la pobreza cuando no en la plena indigencia? ¿De qué barro fueron amasados, que no sólo humillan la testa, sino que aun viven orgullosos de que uno de los más ricos del mundo viva junto a la pobreza de unas mayorías a las que él ayudó a empobrecer? ¿Mundo nuevo o preservar este que tendió a la justicia en la piedra de los sacrificios, la violó minuciosamente y luego le arrancó el corazón? ¿Qué opina, señor?

Don Hernando se puso de pie. “¡Griten México!”, clama Tlacaélel. (Pero nosotros…)

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¿Noche triste…?

Posted by Tomás Mojarro on Junio 1st, 2009

Y como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un mal sobra otro; como llovía resbalaron los caballos (…) De manera que en aquel paso y abertura de agua presto se hinchó de caballos muertos y de indios e indias y naborías, y fardaje y petacas; y temiendo no nos acabasen de matar, tiramos por nuestra calzada adelante y halamos muchos escuadrones que estaban aguardándonos con lanzas grandes, y nos decían palabras vituperosas, y entre ellas decían: “¡Oh cuilones, y aun vivos quedáis!”

-Bernal Díaz: Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España

Les acabo de hablar, mis valedores, de mi raíz indígena, que hasta la Conquista se asentaba en el sur de Zacatecas y se nombraba la tribu de los cazcanes. Ahora hablo o dejo hablar a uno de los arrimadizos españoles, protagonista que fue del trance aquel que los cronistas iban a nombrar “la noche triste”. De esta manera lo cuenta, por más que sospecho que no pasa de ser una historia apócrifa:

La negra noche tendió su manto. Como llovía sobre Tacuba y anexas, don Hernando dispuso que cargásemos el oro de Moctezuma en caballos, mulas y tlaxcaltecas. Ellos y nosotros, todos con talegas, escarcelas y morrales hasta la madre de tejos amarillos, ya nos disponíamos a pasar el puente sobre la acequia, cuando en eso, malaventura de desventurados, resuena ahí el vocerío de los indios y unos ansí como tambores de conjunto tropical, pero menos descuadrados, que los naturales desea tierra vienen a nombrar teponaxtles. Echando mano a sus flechas los susodichos naturales clamaban en su hablar meshica:

- ¡Que se nos escapan! ¡Guerreros águilas, guerreros tigres, a matar madre-patrios ora que cruzan la acequia! ¡Por Hutzilpochtli! ¡Sí se puede!

Y en razón de que los naturales eran un hormiguero, y nosotros apenas un puñito de castellanos muy mucho tardos de movimientos por la cargazón de tejos, centenarios y piezas prehispánicas que ya teníamos apalabradas con traficantes gringos, vinimos a sentir cómo, de súbito, sobre nuestra mísera humanidad se abatió un vendaval de venablos que mucho nos ardían en la cuera, aunque no tanto como las palabras vituperosas de los indígenas, que entre muy sonoras mentadas pegaban gran vocerío, clamando al arrojamos lanzas, venablos y piedras de este tamaño, miren:

- ¡No fuyades, cuilones, garbanceros engendros del mal!

Y en menos que se dice botellita de Jerez (de la Frontera), ahí tenéis que ya la acequia se hinchaba de caballos ahogados, mulas despanzurradas y tlaxcaltecas en agonía, así como fardaje y petacas, tanto de las que se abrochan como de las que únicamente se alcanzan a pellizcar. Macabrona era de fijo la situación para los conquistadores de Anáhuac.

“¡Valedme, acorredme, acudid en mi auxilio, santo señor Santiago…!”

Y aconteció que nuestras armas de fuego, por aquello del chaparrón, nomás valentín madroño, que más que arcabuces, lombardas y culebrinas, parecía que disparábamos con la carabina de Ambrosio con que Medina Mora, “abogado de la nación”, le dispara (¡pero a matar!) a los hijos de toda su reverenda Marta, al segundo marido de la antigua dependiente guanajua de una botica veterinaria, y a la Gordillo, los Salinas, Montiel. Hank y demás coyotes de la misma loma. ¡Vamos, México…!

Otrosí; la borregada de castellanos corríamos en despavorecimiento calzada adelante, formando entre pencos, muías y tlaxcaltecas unos embotellamientos que reíos de los que los beneméritos mentores sueles armar por los rumbos del periférico, el circuito interior y puntos circunvecinos. Y qué hacer, virgen de la Macarena, qué caracsos hacer…

- ¡Ay, ay, ay, mi querido capitán! -clamábamos a don Hernando-. ¡Protegednos la retaguardia…!

- ¡Cómo, cuitado de mí, si mal protejo la que el Señor Dios me dio en yo naciendo! Que cada cuál se rasque la suya, y el santo señor Santiago la de todos nosotros.

Entretanto, y encuadrilada al de la tizona, la muy tizona de la nombrada Malinche no cesaba de pegar aquellos alaridos que ponían espeluzna en los náufragos de la acequia: “¡Ay mis hijos!” Y eso que apenas habíanle desbaratado el virgo. La sota moza extendía los sus dos brazos hacia los que seguían cayendo: “¡Ay, mis hijitos, qué va a ser de todos ustedes!”

(Esto sigue mañana.)

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Peste negra

Posted by Tomás Mojarro on Mayo 29th, 2009

Terrible, mis valedores. Nos llegó la influenza. A los vecinos de Cádiz les pegó el contagio; y cómo pudiera ser de otro modo, si el virus infesta el ambiente. Cuál más, cuál menos, en el edificio todos, si exceptuamos al maestro, a su compañera y a mí, vacunado contra semejante clase de virus, todos los vecinos han sido infectados de manera gradual, paulatina, que en un principio apenas se les notaban rastros de la infección, pero según transcurría el tiempo y la atmósfera se iba cargando de electricidad negativa… Trágico.

Anoche mismo y hasta la madrugada, a la exaltación del contagio y la compulsión por hablar todos al mismo tiempo y sin que ninguno escuchara a ninguno, la tertulia se fue en discutir, objetar, defender y contradecir; y qué concurrencia inusual, que junto a los asistentes habituales, una docena o un poco más, en la estancia de mi departamento observé los rostros, para mí desconocidos, de una concurrencia bronca o casi. El síndrome de la influenza.

Ahora, sangre en ebullición, la estancia de mi departamento se plagó de sillas, sillones, tripiés, una silla playera, bancas y bancos, cojines sobre la alfombra, en fin. Oyéndolos disparatar según grado y avance del padecimiento, el maestro y su jovencísima sesentona de las zarcas pupilas, también maestra jubilada (los dos, como lo que son, maestros mexicanos, tienen su hogar allá arriba, en el cuarto de servicio que les renta el Cosilión); ambos, repito, sonreían, indulgentes, y sonriendo se miraban entre ellos. Yo, mientras tanto, sin punto de reposo, jálate a la cocina a preparar ollas de peltre este tamaño, miren: tila, cuasia, pasiflora y borraja, con su generosa ración de valeriana y cuachalalate y un pellizquito al gordolobo para que agarre sabor. Y ándenle, vecinos, nomás no se las vayan a quemar. “Con estos ingredientes los del contagio van a calmarse”, decía entre mí; pero calmarse madres, con perdón, que el gordolobo parecía acelerar su desbozalada averiguata Y qué hacer. (Para infusión, la que preparaba mi única Alma mía de mi ausente, y ojos que te vieron ir. No lloro, nomás me empujo mi gordolobo…)

Por cuanto a mí: apelando a toda mi voluntad y al ejemplo del maestro y su Agueda, por protegerme de virus, bacterias, microbios y demás dañeros, mantengo la boca cerrada; no con cubre-bocas, sólo con ubicarme a prudente distancia; y a modo de aclaración: la influenza es una, y muy peligrosa porque ataca las neuronas, pero sus modalidades son diversas, tres de ellas las más virulentas porque producen exaltación y en ocasiones impulsos violentos que aquí, en el edificio, amenazan con hacer añicos el orden y la paz de los buenos vecinos. (Yo, hirviendo y cebando al almácigo de contagiado tila y pasiflora No hay peor cuasia que la que no se hace, por ahí va el dicharajo. Mi departamento saturado de tufos, humores y alientos fibrosos, febriles…)

¿No los estaré aburriendo? Si me extiendo en los achaques de la tertulia es porque tal vez algunos lo ignoren, pero estoy seguro de que varios de ustedes, sin percatarse tal vez, traen encima el contagio, por más que en algunos se manifieste de manera benigna y a otros traiga a estas horas como pollos descabezados. Por si quisieran identificar su dolencia por los síntomas de mis vecinos, aquí me propongo mostrar su comportamiento y las diversas clases de virus, desde los menos dañitos hasta los más venenosos.

¿Que no exagere, me interpela alguno de ustedes? ¿Que de acuerdo con Ebrard ya de esta salvamos la cuera porque pasó el ramalazo de la influenza humana y toda la vida de la ciudad vuelve a su cotidiana rutina? ¿Que el país ya libró la emergencia según afirma el salvador de la humanidad? A ver, no, un momento, que aquí hay un malentendido. Yo en ningún momento me he referido a esa influenza que bautizaron con letras y números. No aludo a esa clase de dolencia lejana y desconocida para quien logró hurtarle el cuerpo, sino a esa influenza furiosa que ha contagiado a unas masas inadvertidas, todavía hoy, después de una experiencia de años, trienios y sexenios. Yo hablo del virus de una apabullante propaganda donde el embuste, la manipulación y lo pedestre se abarraganan para aplastar a unos radioescuchas y televidentes crédulos con una diarrea de promesas de un México nuevo, al que juran habrán de liberar de sus ingentes problemas, todos sintetizados en un vocablo asqueroso: corrupción, esa que mantiene al país en permanente crisis de justicia para empezar. Por que algunos de ustedes se miren en ese espejo, les presento aquí el grupo de contertulios y sus (¡imagínense!) preferencias políticas. (Eso,en el próximo.)

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El genoma de la corrupción

Posted by Tomás Mojarro on Mayo 28th, 2009

Conócete a ti mismo, aconseja el oráculo de Delfos, exhortación que Sócrates tuvo como divisa de su propio vivir. Conócete a ti misma En un sentido distinto los mexicanos acabamos de avanzar en el propio conocimiento. Sobre ello lo acaba de declarar el Instituto Nacional de Medicina Genómica que llevó a cabo la investigación respectiva:El genoma de los mexicanos demuestra que compartimos el 99.9 por ciento del genoma del resto del mundo. El margen de diferencia es mínimo, pero nos confiere cierto grado de individualidad.

Yo, ante semejante descubrimiento, hablé ayer del mestizaje de mi raíz aborigen y que llevo en mis venas la sangre de los últimos combatientes indígenas que el Conquistador logró raer de la tierra americana, aquellos cazcanes que se enfrentaron a las huestes de Pedro de Alvarado en el cerro de El Mixtón, cerca de Nochistlán, Zac. Este era su pregón de combate: -”¡Hasta tu muerte o la mía!”

No más. Tal era el límite. Con Petacal y Tenamaztle al frente, en el cresterío del cerro de El Mixtón y con la involuntaria colaboración de un sevillano cobardón de nombre Baltazar de Montoya (escribano tenia que ser), lograrían la muerte de Pedro de Alvarado. El conquistador de Guatemala, ni más ni menos. Aquí anudo la crónica que comencé ayer:

Alvarado caminaba a pie; delante de él y arreando una cabalgadura derrengada de fatiga que apenas lograba trepar el cerro, ascendía Baltazar de Montoya. Repentinamente tropezó el animal y rodó por el abismo, y en su caída arrastró al Adelantado. El choque fue tan violento y tan espantosa la caída que cuando llegaron en su auxilio estaba moribundo, arrojando sangre por la boca Va apenas podía hablar. Llegóse a él D. Luis de Castilla preguntándole qué le dolía:

- El alma -contestó el Adelantado.

Y que lamentándose Oñate de la desgracia, el agónico respondía:

- Ya está hecho, ¿qué remedio hay? Curar el alma es lo que conviene. Quien no cree a buena madre, crea a mala madrastra.

Yo tuve la culpa en no tomar consejo de quien conocía la gente, y tierra de mi desventura fue traer un soldado tan cobarde y vil como Montoya, con quien me he visto en muchos peligros por salvarle hasta que con su caballo y poco ánimo me ha muerto.

“Sobre un pavés fue llevado el moribundo al cercano pueblo de Atenguillo, muriendo Alvarado en Guadalajara”.

¿La razón de que nombre aquí mis dos sangres (con sus tantísimos afluentes), tanto la valerosa de mi raíz cazcana como la cobardona de mi escribana raíz Montoya? Porque se ha consumado la hazaña científica de identificar mi genoma de mexicano y porque a la distancia de varios siglos de ocurrida la epopeya del cazcán han vuelto a sucumbir los representantes de mi raíz indígena. El agravio se perpetró hace unos anos. La referencia:

Ginebra, Suiza: “Junto con Chipre y Turquía, México fue identificado públicamente en la ONU como el primero de los tres países donde ocurren las situaciones más serias de violaciones a los derechos humanos de los pueblos indígenas y minorías nacionales. De los tres países es México el máximo violador de esos derechos humanos de los indígenas”. La certificación:

“Luego de haber sido detenido y torturado por elementos del Ejército Mexicano, el indígena Francisco Torres, de 22 años de edad, cumplió 26 días en calidad de desaparecido. Pese a la búsqueda de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, no ha sido posible dar con el paradero del indígena, quien junto con el también indígena Enrique Torres Segovia fue detenido por militares en el municipio zacatecano de Villanueva. Del primero se ignora su paradero. Torres Segovia convalece por estallamiento de vísceras producto de golpes y torturas por parte de soldados del Ejército Nacional”.

A mí, descendiente de sangre española y cazcana, mitad y mitad, hoy que estreno flamante identidad genómica se me ocurre preguntar (pero a quién): desde el siglo XVI, con el trato que el indígena recibió de Alvarado, Cortés y sus perros de presa, ¿cuánto hemos avanzado en cuestión de humanismo, de mutuo valimiento, de respeto gubernamental a ese indígena que sobrevivió a la conquista, pero no al ejército mexicano? Y lo que faltaba:

Ese mismo ejército ha tomado el control del penal de Cieneguillas, después de que en el co-gobierno de Claudia Corichi y su madre Garcia se ha identificado el genoma de la más desbozalada corrupción. “Ay, hermoso Zacatecas, mira cómo te han dejado” clama el corrido que entonces se refería “al viejo Huerta y a tanto rico allegado”. Como ahora las Corichi-Garcia. (En fin.)

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Hasta tu muerte o la mía

Posted by Tomás Mojarro on Mayo 27th, 2009

Los mexicanos y su genoma, mis valedores. Lo afirma, categórico, el Instituto Nacional de Medicina Genómica.El 85 por ciento de los habitantes del país somos mestizos, una mezcla de rasgos caucásicos y amerindios. Compartimos 99.9 por ciento de rasgos genéticos con el resto de la población del mundo. Sin más.

Y que en este país no hay margen para amagos de discriminación. Perfecto. Ya identificado nuestro genoma, no más prácticas discriminatorias contra indígenas y demás grupos marginales, ¿no es cierto? Qué bien.

Este asunto del genoma, demoledor del concepto de “razas” (que habrá de quedarse para el toro cebú), me remite a las raíces del mestizaje, mis valedores; de todas ellas debemos ser muy conscientes para conocernos (reconocernos) en cuanto individuos y en cuanto comunidad. De tales raíces, la que corresponde al conquistador, con sus tantas afluentes, es patrimonio de todos nosotros, pero no así la raíz indígena, que es varia y diversa; algunos de ustedes descienden de la raíz meshica, mal llamada azteca, y algunos más de la sangre tarasca, mazahua, zapoteca, en fin. A propósito: yo, y no es que venga a alardear ante ustedes, desciendo de una raíz autóctona de excepción: la cazcana. Blancucho deslavado como soy, de cazcán legítimo vengo por el lado indígena; de los matadores del matador, el Adelantado.

¿Que quién fue el cazcán? Nada menos que el último rebelde de la Conquista, al último que tuvo que enfrentar el Conquistador, y no cualquiera de ellos, sino Pedro de Alvarado, el conquistador de Guatemala. Y serian los cazcanes, con la involuntaria cooperación de un sevillano cobarde, quienes iban a causar la muerte violenta de Alvarado, el Tonatiú, que le decian los indígenas. Bien hayan los varones de temple, como aquel Petacal, cacique de mi Xalpa Mineral, que antes de entrar en combate con sus huestes de la cazcanía postulaba su pregón peleonero:

“¡Hasta tu muerte o la mía!”

No más. No menos. Tal era el límite.

Pues sí, pero tales rebeldes magníficos pagarían muy cara su valentía, según lo consignan documentos de época; “Muchos fueron ahorcados, lapidados y descuartizados, otros puestos en hilera y destrozados por la artillería, y algunos aperrados (entregados a perros hambrientos que los hacían morir en medio de espantosos sufrimientos). Los negros e indios auxiliares que iban en el ejército se encargaron de acabar con algunos, aplicándoles los más salvajes refinamientos de crueldad”. Cuánta falta hizo a mis cazcanes una de esas estériles visitas de los altos comisionados de la Naciones Unidas para velar por sus derechos humanos…

En fin. Yo, mestizo de tantas sangres, llevo en mis venas esa de Petacal, valerosa hasta el límite, y esta de Montoya el sevillano pusilánime, que influiría en mis pocos arrestos a la hora de la verdad, zacatón como soy. Pero permítanme que les cuente retazos de una crónica tan elocuente como esta de la insurrección de Nueva Galicia:

La historia de los cazcanes tiene un punto de referencia, cierto crestón de roca viva denominada El Mixtón, ubicado allá por los rumbos de Nochistlán, Zacatecas. En la punta de tal cerro fueron todos a afornnarse, previa la convocatoria que a los naturales del rumbo formularon los caciques Petacal y Tenamaztle, llamándose mensajeros de Tecoroli (el diablo). Con toda la indiada se fortificaron en El Mixtón, y de allí bajaban a realizar incursiones por rumbos de Michoacán, de la primitiva Guadalajara, y por dondequiera que hubiese tufo de españoles: los de Proaño, de Bartolomé de Mendoza, de Hernán de Flores. “¡Hasta tu muerte o la mía!”

Dice la crónica que Pedro de Alvarado, él siempre audaz y animoso, diestro en combatir naturales, decidió salir de inmediato contra los insurrectos. Y que acometió, y veinte españoles murieron en aquel encuentro, y que tornó al ataque, y otros diez sucumbieron.

Luego da cuenta la crónica de que llegó de esta suerte Alvarado hasta una empinada cuesta, y que “él caminaba a pie y delante de él subía Baltazar de Montoya, natural de Sevilla y escribano del Adelantado. Montoya arreaba su caballo fatigado, que delante de él con gran dificultad trepaba por la senda”. Repentinamente tropezó el animal, perdiendo pisada, y rodó por el abismo, arrastrando en su caída a Pedro de Alvarado. El choque fue tan violento y tan espantosa la caída que cuando llegaron en su auxilio, el Adelantado agonizaba. (Sigo Mañana)

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De fábula

Posted by Tomás Mojarro on Mayo 26th, 2009

El pato feo, mis valedores. La fábula es de Andersen, pero la ignorancia y la subcultura que mamamos del Norte nos hace creer que es de Disney. Nosotros, en México, hemos conocido no uno, sino tres patos feos, el primero de los cuales nadaba en el estanque, hoy desecado, de Programación y Presupuesto. Tan feo era el tal, y tan repugnante su aspecto, que los animales del bosque preferían mantenerse a distancia de tan horroroso animal. No fuera a picar, a morder, a hacerla de tos o lanzar estornudos cargados de A/HINI. El pato horroroso, sobre todo por sus acciones…

Y qué chunga y burletas para fotógrafos y caricaturistas de la prensa escrita; qué manera de poner en ridículo su aspecto ratonil, sus ojillos de apipizca, un cráneo pelón, unas orejas de papalote y el aspecto general no de pato feo sino de horroroso chupacabras, lo que eso haya sido. Si su vocezuca de pito de calabaza se les escapó fue porque, es obvio, no pudieron incluirla en los trazos del monigote esperpéntico. Tal era el mediocre encuevado en su charco enlamado de Programación y etc. El, silencioso, rencoroso, al acecho…

Pues sí, pero válgame, que de repente el dedo presidencial lo designó nuevo dios sexenal, y helas!, ahí el prodigio: de forma automática la metamorfosis del gusanillo en crisálida, en mariposa que vuela de flor en flor. Una mariposa negra, mensajera de la muerte, pero pocos lo querían advertir…

La transfiguración. El pato feo de la fábula, el orejón objeto de burla, ludibrio y maltratos de los animalillos del bosque (dos que tres liebres, cinco o seis conejos, tres docenas de zorrillos y cientos, miles de cacomixtles), de repente ¡ah, oh, uh!, se encandilaron con el repentino resplandor: el transfigurado pato horroroso, hoy cisne de blanco plumaje, partía plaza, majestuoso, por medio estanque, en el bosque de los pinos. Y ahí fue el clamor de hurras y porras, matracas y chirimías, alabíos y cornetas, pitos y flautas. Habemus dios sexenal. Qué forma de equivocamos: el pato feo era un cisne blanquísimo…

Helo ahí. El cisne cuajábase de bellezas no advertidas un día antes: su alzada de líder, su mirada de baqueano, su mística de mesías, su vocación de estadista. Ah de su verba potente y su fina estampa de procer, de héroe epónimo, de padre patricio que viene a salvar el país. Y la portentosa transformación de las cámaras de TV: qué rostro para el bronce, qué fisonomía para el mármol. ¿Las caricaturas? De galán y de prócer. ¿Las fotos? Un rostro para la eternidad. Ah, la metamorfosis del pato feo en el cisne de blanco plumaje… (¡Y échate al agua, Raúl! ¿Fría? Sólo al principio…)

Pues sí, pero años después el nuevo milagro: no un pato feo convertido en cisne sino un cisne legítimo partía plaza por medio estanque, y entre dianas, fanfarrias y marchas nupciales, ascendía hasta la cresta mayor de los pinos, y en los animalejos del bosque el vendabal de ovaciones al nuevo rey, mesías, baqueano al que los dioses del Olimpo (yunqueros, legionarios de Cristo, cristeros tardíos) habían enviado
para salvar el bosque y sus animalillos. Las ovejuelas de la Vela Perpetua aquella admiración, semejante adoración. Sublime. El cisne blanco se dejaba querer (sobre todo de una patita que le alzaba la patita, y a veces las dos. Pero esa ya es otra historia.)

Pues sí, pero se echaron encima los días, las semanas, los meses, y la horrible metamorfosis: en el larguirucho animal se iba operando un cambio horroroso: en su blanco plumaje, el cisne real comenzó a denunciar pintas grises, negras, renegridas. Al poco tiempo era su negro plumaje el que mostraba dos o tres puntos grises. Después, oh tragedia, su aspecto de cisne se tornó en pato, y todo era abrir el pico y ventosear disparates que a los monos tihuís causaba hilaridad y a la mayoría de los habitantes del bosque rabia y vergüenza Pero ayuno de decoro como todo mediocre, el pato feo abría el pico y era el escándalo y la burleta del bosque y arboledas vecinas. Animas que se mude de charco; cuándo dejará el estanque y se irá a ventosear sus ganzadas al lodazal de San Cristóbal. (Y cuánto le apestaba El Tamarindillo)

En fin. Hoy de otro huevo y a la de a huevo un pato impuesto nada en el charco (nada de nada). Ese no fue un pato que derivó en cisne, ni un cisne que degeneró en pato, y aquí la pregunta, mis valedores: ¿alguna metamorfosis advierten en semejante híbrido? ¿Un cisne blanco con facha de pato? ¿Un pato horroroso que anhela pasar por cisne? ¿Pato fue, siguió siendo pato o derivó en ganso? ¿Ustedes qué opinan? Porque lo que es yo, fui y le pregunté a Andersen, pero él se me quedó viendo, parpadeó y se echó a llorar. ¿Para ustedes
pato, ganso, qué? (¿Cuac?)

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Piojo resucitado

Posted by Tomás Mojarro on Mayo 25th, 2009

Y lo que faltaba, mis valedores. Un domicilio electrónico que ofrecí a quien quisiera comunicarse conmigo amanece atascado de basura: que si anuncios variopintos, que si textos ofensivos contra rivales políticos, que si avisos de que en alguna lotería de Sri Lanka gané millones, en fin. Cada noche vacío la basura, y cada mañana mi correo amanece atascado de nueva basura. Voces anónimas, entre tanto, me importunan por teléfono: una encuesta, una reclamación, un número equivocado. Y lo que me faltaba:Ahora manos anónimas me deslizan por debajo de la puerta escritos también anónimos. Este que van a leer, si es que quieren y pueden leerlo, me lo acabo de encontrar debajo de la puerta, y lo transcribo tal cual. Quién sea el amargado que todo este asunto lo ve negativo, a saber. Dice el anónimo:

Lo estoy mirando en la foto, señor. Linda escenografía la de su mesa de trabajo: logotipos, floreros, la insignia patria, usted en la cabecera y en derredor sus colaboradores, qué bien; pero el detalle curioso: mientras usted, con esa su vocecita, les embombilla un discurso, ellos como quien oye discursear y no se moja. Este, viendo hacia el norte, y este otro hacia algún punto del infinito, y uno se cuenta los dedos de una mano, y ese otro parece que se escarba los dientes, pero no, que ello seria falta de educación; lo que se escarba son las fosas nasales. Usted, mientras tanto, en lo que le sale, aunque con dificultad: hablar y hablar. A falta de acciones, hablar. Empalagarse de micrófono. Total, que hablar nada le cuesta…

Miro su foto, la observo hasta bizquiar, hasta que me chillan mis niñas. Caracho, qué rostro de mediocre total. Me topara con usted en la calle y ese rostro no lo podría recordar. Y es que entre otros factores para ignorarlo está el más importante: usted, antes de llegar a donde ha llegado, no era más que don nadie. Ni yo ni el noventa y nueve por ciento de las masas sociales, estoy por decir, conocíamos ese rostro que para nadie significaba nada antes de ahora; y cómo, si corresponde a un individuo del que no sabíamos su existencia, del que nunca antes habíamos oído hablar, por que aún no lo azotaba ese caprichoso bandazo de buena fortuna que lo iba a convertir en un personaje que halló alojamiento en las primeras planas. Pero caprichos de la Moira de repente usted nos resulta el clásico piojo resucitado, como decimos en mi solar. (¿Insulto? ¿Represalias contra un ser anónimo? Bah.)

Ahora que viéndolo bien, el detalle del rostro vulgar, mofletudo, de ojos adormilados, no tiene la menor importancia, que dijo Nietzsche ¿o sería Arturo de Córdoba? Porque, señor, lo que saca la cara por el individuo no es su cara sino sus acciones, y en usted no es su rostro, no es su porte, no es esa estampa común; lo que le reprocho, señor, porque me afecta tanto como al resto del paisanaje, es ese vacío de poder que se advierte por culpa de su inexperiencia en esa responsabilidad a la que todavía no me explico cómo pudo llegar un individuo de su calibre. Le reprocho, asimismo, su falta absoluta de autoridad y don de mando, y recuérdelo: quienes lo antecedieron en la investidura supieron imponerse, y hasta cierto punto cumplieron la ley e hicieron cumplirla a todos. ¿Pero usted, señor? ¿Pero usted? Válgame con ese carácter de malvavisco…

Triste, patético, regir un palenque, un herradero, esa clásica olla de grillos donde todos jalan para su lado y hacen todos lo que sus reverendas criadillas les dictan. ¿Usted, mientras tanto? Usted habla y habla, qué más, pero nadie cree en sus palabras. Nadie cree en usted. Lo escuchan, si es que alguien lo escucha, con indiferencia los más complacientes. ¿Y por qué iban a creerle señor? Más de dos años allá arriba, ¿y qué hechos positivos para las masas sociales se le pueden acreditar? ¿Qué acciones positivas para nosotros ha realizado desde que lo impusieron allá arriba señor? ¿Qué…?

Ya le tomaron la medida, ya conocen sus alcances, ya comprobaron que la esperanza recóndita de que usted renunciara al cargo se esfuma, porque ocurre que el hecho de renunciar es cosa de muy cobardes o de varones en verdad enterizos. ¿De cuáles está amasada la pasta de usted? De algo sí estoy seguro: cuando usted deje el puesto al que llegó sin mérito alguno y a la pura ley del hovo por más que uno de muchos más hovos y méritos lo pretendía y estuvo a punto de alcanzarlo (Góngora, su apellido), México va a estar aún más empobrecido que el día de hoy. ¿No le da vergüenza señor Leonardo Valdés? De veras, ¿no se avergüenza cuando IFEs y Tribunales me lo ningunean y a cada rato lo fuerzan a recular?

Mis valedores: sudé. Esos anónimos. (Uf.)

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¿Inocente, culpable?

Posted by Tomás Mojarro on Mayo 21st, 2009

Cómo juzgar, sin los elementos de juicio, a don Álvaro Colom, presidente de Guatemala. Cómo involucrar en un hecho de sangre a la señora Sandra Torres de Colom, la “primera dama”. Lo que sí puede demostrarse es la distancia que existe entre las promesas del candidato y las acciones del gobernante. Esto allá como aquí mismo, donde a estas horas las masas sociales son bataneadas por la verborrea de los aspirantes a puestos de elección popular. Siniestro.

Aludí ayer, a propósito, a Alfonso Portillo, que cuando candidato a la presidencia de Guatemala clamaba frente a los hermanos chapines:

- ¡Soy un hombre del pueblo y a mi pueblo me debo como gobernante!

El asesino anda prófugo, y no por haber derramado sangre sino como presunto ladrón. Seis días antes de su toma de posesión ocurrió que en Zumpango de Neri. Guerrero, familiares de los dos estudiantes asesinados un 22 de agosto de 1982 por este Alfonso Portillo cuando arrimado a la Autónoma de Guerrero, condenaron la acción de Zedillo al entrevistarse con el matón y demandaron justicia por la muerte de los dos estudiantes mexicanos, “a los que Portillo asesinó con premeditación, alevosía y ventaja”. 

Esto, hace veintisiete años. Hoy, ¿un nuevo asesino en el palacio de gobierno del país hermano? Me niego a admitirlo. Ojalá que se imponga la verdad y que este escándalo carezca de sustento, que de otra manera dañaría en grado sumo al país, A la Guatemala dulce y sombría. 

Cada día eres otra; en recuerdo, en realidad, en esperanza. Sencillo amor como en tu mano la sal y el pan. Guatemala.

Qué tiempos. La bota y el espadón cuartelero gobernaban el país por los días aquellos en que fui a conocerlo. Años más tarde llegaron los tiempos del presidente civil; yo entonces, ya de regreso en mi tierra, mandé a dos amigos chapines este mensaje público (¿vale para hoy?):

Marucha, Virgilio: cuánto quisiera que estos renglones llegasen a ustedes, allá en la vivienda que habitan en su ciudad capital; que este fuese un a modo de mensaje del náufrago que ustedes encuentran rodando en la playa, y que en leyéndolo recuerden de golpe al fuereño aquel, de visita en su tierra, que en la fugacidad de un par de horas fue amigo de ustedes dos, estudiantes entonces de la Universidad de San Carlos. En el forastero identificaron al fabulador de cuentos y algunas novelas de fantasmagorías, como aquella Malafortuna de aeropuertos antediluvianos y muertos resucitados. Lo real maravilloso, ¿se acuerdan?

De llegarles el mensaje recordarán el café, el tinto y aquel poema que me ofertaron mientras hablábamos de verso libre y alejandrinos. De repente aquella descarga de metralleta. Recordé al poeta asesinado por los milicos:

Desgraciados los traidores, madre patria, desgraciados - Ellos conocerán la muerte de la muerte hasta la muerte… 

La charla, entonces, a media voz, se empantanó en asuntos de guerrillas y gobierno de bota y espadón. Escalofriante. Tú. Virgilio, suspiraste:

- Cuándo llegará el día en que Guatemala disfrute de un gobierno civil como el
de ustedes, en México…

Me interrogaron acerca del presidente de mi país. Qué tiempos. Reinaba entonces Echeverría, que sería sucedido por la danza alucinante de la(s) pompa(s) y circunstancias de López Portillo, y más tarde por esa sórdida galería de los tan mediocres cuanto rapaces que llegaron después.

- Cuándo tendrá Guatemala un gobíerno civil, como ustedes…

Un trago al tinto; al desgano, me acuerdo. Pero años más tarde, por fin, llegaría para ustedes el presidente civil. Al tomar posesión de su cargo, el del frutal apellido Cerezo iba a clamar, índice parado, las promesas del catálogo;

- ¡Mi gobierno retornará al camino de la democracia, la justicia social y el respeto irrestricto de los derechos humanos!

Perfecto. Ya contaban ustedes con un Cerezo civil de apellido frutal. Yo, entonces, conocedor del paño, me arriesgué al papel de aguafiestas y les envié aquel mensaje reservón: ya tienen ustedes su gobierno civil, felicidades. Atrás han quedado la bota y el espadón. Seguro estoy de que a solas, en aquel cuarto que huele a maderas, a estas horas brindarán con tinto y alzarán la voz y la copa en honor del civil. Como en México. Ya tienen en el gobierno su Cerezo Arévalo. Felicidades, pues, pero un momento, no repetir todavía el brindis; aguarden, amigos, que algo quiero aclararles.

(Esto, mañana.)

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Digo tu nombre Guatemala…

Posted by Tomás Mojarro on Mayo 20th, 2009

Y retorno a la vida. Hoy me refiero, mis valedores, a la Guatemala dulce y sombría de Cardoza y Aragón, la de héroes civiles de la estatura de Alaíde Foppa uno o dos de sus hijos, y Otto René Castillo, poeta también sacrificado por la bota y el espadón. Esta vez hablo de esa sombría Guatemala que viene de padecer tigres sanguinarios como los milicos Jorge Ubico, Castillo Armas, Romeo Lucas García, Alfredo Ríos Mont. Guatemala.

Aquí la nombre y mi mente se agita, hervorosa de bosques, lagos, rostros, aquel mujerío; trovas como esa que, ardido por la nostalgia, desde su exilio mexicano le entona Cardoza y Aragón: “Cuando aspiro tu refajo de bosques, cuando me hundo en tu huipil de pájaros, me anega tu aliento de maíz y volcán, tu espina aguda de picaflor…”

La Guatemala de los milicos, sombría: en enero de 1980, para implantar un proyecto de desarrollo de industrias transnacionales, el gobierno desalojó de sus tierras a los campesinos. Ellos, en son de protesta, tomaron la sede de la Embajada de España, y fue entonces: los comandos les lanzaron bombas incendiarias. En la hornaza se calcinan 38 paisanos, entre ellos el padre de Rigoberta Menchú. Uno que sobrevivió a la masacre fue secuestrado por los comandos en el propio hospital donde le curaban las quemaduras. Ahí mismo lo asesinaron. Guatemala, En 108 mil kilómetros cuadrados de territorio y con unos 10 millones de habitantes, la sangrienta cosecha de los tigres militares:

Cuatrocientas cuarenta aldeas borradas del mapa, 300 mil exilios, 50 mil viudas, 250 mil huérfanas y miles de muertos y desaparecidos. “A los compas, amarrados, nos aventaron al barranco, contra las piedras. Sólo yo me salvé porque fui a dar a una poza de agua”, me dijo uno de ellos ante los micrófonos de Radio UNAM. La Guatemala sombría

Ay, patria - a los coroneles que orinan tus muros tenemos que arrancarlos de raíz -y colgarlos de un árbol de rocío agudo - violento de cóleras del pueblo.

Guatemala: “Cada día eres otra; en recuerdo, en realidad, en esperanza. Sencillo amor como en tu mano la sal y el pan”.

Su revolución de 1944 dio la presidencia del país al doctor Juan José Arévalo y seis años más tarde a Jacobo Arbens. Muchos fueron los beneficios que entonces logró el paisanaje, desde leyes favorables a los obreros y una reforma agraria que entregó a los campesinos sus tierras, hasta la construcción de la carretera al Atlántico que liberó al país de la dependencia de unos ferrocarriles propiedad de la United Fruit Co. Y claro, el derrumbe: desencadenadas las iras de la compañía frutera norteamericana, ahí intervinieron la CIA, el Departamento de Estado y aun el Pentágono. Caiga el presidente Jacobo Arbens y trépese el teniente prestanombres Castillo Armas (1954). Semejante historia, mis valedores, ¿dónde la hemos oído antes? ¿Dónde no la hemos oído?

Pues sí, pero para los chapines llegó la esperanza con un proceso electoral y el ascenso al poder de uno que tomaría Guatemala al gobierno civil. Un día antes de las elecciones, la noticia: “Los guatemaltecos tienen confianza en el cambio, que les dará empleos, combatirá la criminalidad y abaratará el costo de la vida. Desde la oficina central de la ONU Kofi Annan pide votar por un gobierno que respete los derechos humanos”.

Sería entonces cuando los hermanos chapines caerían en el espejismo de la “democracia” con civiles como Cerezo Arévalo y en estos momentos Alvaro Colom, con todo y su “primera dama”, de apellido Torres. Guatemala dulce: “Se oye cuando una garza cambia de pie…”

Pero mal (ario para los pueblos que sólo se atienden a la fuerza del voto, frase con la que las manipulan en el discurso, cuando la realidad objetiva les muestra y demuestra que el puro voto no tuvo fuerza ninguna. Allá, en Guatemala, antes de este Colom de la “primera dama” los hermanos chapines estrenaron el gobierno de un asesino de nombre Alfonso Portillo que llegó con la promesa de “crear un nuevo país, basado en la paz, el respeto a los derechos humanos y mejores oportunidades para todos”. Y este Portillo resultó ladrón y anda o andaba prófugo en nuestro país. De ese calibre es la “democracia” que nos cantan al sur del Bravo. Clamaba Alfonso Portillo, presidente de Guatemala:

- ¡Voy a restar poder a los militares! ¡Soy un hombre del pueblo y a mi pueblo me debo como gobernante…!

Días antes de su toma de posesión ocurrió lo que les contaré mañana (Aguarden)

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Conócete a ti mismo

Posted by Tomás Mojarro on Mayo 18th, 2009

Tal fue la exhortación que tomó Sócrates del oráculo de Delfos y adoptó como objetivo central de su vida, para lo cual tramó una teoría filosófica con la que nos legó las bases del conocimiento humano. “Conócete a ti mismo” mirándote, al propio tiempo, en el espejo del arte y en el laberinto de símbolos y rituales que te ofrece la mitología, en este caso la greco-romana.

Héroes y dioses arrancados a los mitos han trascendido hasta la cultura popular: el ave Fénix, que renace de sus cenizas, Venus, diosa del amor, el travieso Cupido de las flechas aviesas y un gigantón Hércules-Heracles destructor de monstruos de tierra, aire y mar. Uno más del dominio popular es el rey Midas, del que cualquiera va a señalar: “una especie de Slim cualquiera, que convierte en oro todo lo que toca”. Qué envidia, dirá el que no advierte el símbolo. Midas, un rey desgraciado.

De tal existe una historia real como soberano que fue de Frigia siglos antes de nuestra era y, mucho más interesante, el mito del codicioso que, de castigo, al  trocar en oro todo lo que toca se ve en peligro de muerte. El mito:

Un día de aquellos, paseando por su jardín, Midas se topó con un cierto sátiro  que dormía su borrachera, y habiéndolo reconocido como Sileno, del cortejo de Dionisio, lo alojó en su palacio y lo colmó de agasajos hasta que el dios del vino y la vid acudió a recogerlo. Por agradecer el favor, Dionisio ofreció un don a Midas, y el codicioso pidió convertir en oro todo lo que tocase. Pues sí, pero llegó la hora de comer, y comida y vino se le convierten en oro, y ahí el pavor. Pero en fin, que Dionisio accedió a retirarle la maldición del oro, y hasta ahí, bien.

Pero en su trato con dioses no escarmienta el humano. Marcias el sátiro, instrumento en mano (la siringa, y no me lo tomen a albur) había cometido la osadía de retar a Apolo para dilucidar cuál de los dos era mejor músico. El vencedor dispondría de la vida del derrotado. Y sí…

Marcias se lleva a los labios la siringa, y su melodía encanta a los espíritus del monte que fungen de jueces. Apolo tañe su lira y fieras y aves del campo se detienen a escuchar. El veredicto de los espíritus: Apolo fue el triunfador. ¿El castigo a la hibris, la desmesura de la criatura que osó retar a un dios? Desollado vivo. (Buscar los símbolos.)

Ahí, con Marcias en carne viva, terminándose el incidente, pero Midas, ahí presente, no estuvo de acuerdo con la decisión. “El triunfo fue de Marcias“. ¿Ah con que sí? Apolo a castigar al imprudente.

Y fue así como a Midas le crecieron orejas de burro, qué mortificación. Para ocultar su secreto el atribulado monarca usó turbante, y se dice que inventó el gorro frigio con que siglos más tarde se iba a representar la diosa de la libertad. Pero qué secreto puede durar todo el tiempo…

Fue un barbero; por casualidad descubrió el secreto de  Midas con orejas de burro, secreto que, no atreviéndose a revelar, le pesaba hasta el ahogo, y fue entonces: el discreto indiscreto caminó hasta un campo solitario, abrió un agujero y embrocando la boca: “¡El rey Midas tiene orejas de burro!”

Que alivio. Ahora a tapar el hoyo y regresar a la ciudad, pero cuándo lo hubiese imaginado: al hoyo nacióle un macizo de juncos y el aire, al pasar a través de ellos, divulgó el secreto: “¡El rey Midas tiene orejas de burro!” Y hasta aquí el mito.

Pues sí, pero a mí el viento en los juncos me contó el final: el barbero, un chismoso carácter de malvavisco, fue forzado por Midas a pegar estridente reculón, y entonces: “Pero compatriotas, ¿cómo pueden creer lo que dije del rey? ¿No advierten acaso, que padezco demencia senil?” Así de lúcido confesaba su falta de lucidez. Un castrado, un indigno, un redrojo moral. A escupirlo, y a seguir adelante.

Pero el viento en los juncos susurra que al peso de la noche y en la negrura de la tenebra el ancestro de Galileo tomaba la bacía, la nica, la escupidera, y embrocando su boca al cacharro:

- ¡Por supuesto que el reyecito tiene orejas de burro, ojillos de apipizca y cara de chupacabra! Ese chaparro pelón, hijo de toda su repelona, es el bandido que se cogió la mitad d e la cuenta secreta, si no es que tantito más, y recompartió con sus hermanitos patibularios, carne de presidio los tres. El bandidaje de Midas permanece impune, pero no me admiro de él como del aguante de todas sus víctimas, los agachones habitantes de Frigia, estado de derecho. ¡Ellos propician las sinvergüenzadas!

Ya habiéndose masturbado y después del orgasmo oral, a la camita; a dormir el sueño de los justos. De los justos que no padezcan insomnio. Y ya. (Puag.)

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El rincón de los niños

Posted by Tomás Mojarro on Mayo 15th, 2009

“Fue mi libro de texto un amor escolar”, rememora el poeta de la niña aquella que tenía en las manos “el aroma de un lápiz acabado de tajar”. En su remembranza se advierte un dejo de tristura por el tiempo que se fue para nunca más. Ella, ¿dónde estará? ¿Vive o muere a estas horas? Y aquel regusto a nostalgia Dije “el aroma”, pero yo, por contras, la fetidez…

Sí, porque fue mi libro de texto la hediondez de un calabozo. Su reja de este grosor, corazón de mezquite, lo único que tenía corazón en aquella cárcel municipal, pregonaba en letras de molde: “Horror al crimen”. Me acuerdo.

Pero un momento, no pensar mal. La cárcel se alzaba en un rincón del palacio municipal de mi pueblo, y es sólo un punto de referencia Saliendo de ahí (por dinero o por influencias), a mano izquierda se extendía un corredor atestado de mesa-bancos, donde docenas de cabeza-duras intentábamos entender quién, cómo y por qué determinó que dos y dos fueran cuatro. Ahí, entre geografía y matemáticas, presencié el arribo de asesinos y víctimas, éstas envueltas en un petate y aquéllos liados con sogas de mezquilpa y al calabozo. “Horror al crimen”. Conocí entonces el rostro del matón y, amarga la boca las bocas abiertas a lo bestial en una carne ya rígida Yo, el niño que araña la adolescencia con toda la sensibilidad a flor de espanto. Trágico.

¿Que a qué viene todo eso, dirá el impaciente? Porque ayer, de repente, la nota del matutino me trajo de golpe mis primeros años de escuela “Admite Ebrard malas condiciones en mil 200 sanitarios de escuelas”, y ‘1a epidemia será una bendición si nos ponen agua en las escuelas”. ¿La relación con mis años niños? Allá voy.

En el palacio municipal existía un excusado descomunal, de aquellos de caja para servicio del personal de la presidencia y los muchachos de escuela Fue ahí donde ocurrió el episodio que se encuevó en mi mente y que no hay orden de desahucio que lo pueda desalojar.

Ocurrió que el enorme depósito llegó a su capacidad máxima y comenzaba ya a derramarse. El presidente municipal acudió a varios artesanos, pero la maniobra les pareció riesgosa ninguno aceptó prestar el servicio, y al paso del tiempo el problema se iba agrandando. Ya intolerable, el hedor…

Pero ándenle, que de repente cayó en la cárcel aquel fuereño joven todavía pero ya muy dado a la transa al engaño y el fraude, al que aquí y allá acusaban de ladrón. Y al calabozo. Meses y meses de encierro. Cobardón por naturaleza el camandulero clamaba su inocencia y a gritos pedía que lo sacaran o podría enloquecer. Y era la presidencia la que enloquecía con sus gritos, y tanto gritó y perturbó la paz pública que cierto día fue presentado ante el presidente, quien a esas horas ya no andaba tan crudo y aún no estaba del todo borracho. Y lo que éste le propuso a cambio de su libertad…

Robar, transar, matar, conseguirle alguna dama rejega “El servicio que me proponga señor”. Todo, con tal de ganarse su libertad.
Ni matar, ni transar, ni servir de alcahuete. Vaciar el excusado municipal. Solo, sin ayudantes. Y el presidente conoció la paz, y la conocieron quienes tenía a su servicio. Allá en el excusado, solo y su alma el fuereño se afanaba amasando su libertad. A mano limpia (limpia es un decir.)

Era una mañana de mayo, ya con los primeros retumbos de las primeras tormentas reventando por el oriente Mi abuelo y mis tíos contemplaban el cielo, calculaban la reventazón de unas señoras prietas, gordas y preñadas, me refiero a las nubes paridoras de tormentas, y a preparar los aperos de labranza Me acuerdo que a media mañana ya el sol alto, unos cuícos salieron del fondo del edificio hasta el patio cargando en una carretilla aquel esperpento todo de hez hasta los pies forrado, desparramando un aire espeso de hedor. A medio patio le arrojaron cubetadas de agua antes de prepararlo para el funeral. No, si manipular excusados no es tan sencillo…

Pero milagros de una férrea voluntad de sobrevivir a retretes rebosantes de lodo biológico: el joven sobrevivió, recobró su libertad y se largó a su tierra, dejando tras sí sólo el hedor a boñiga en la presidencia Agh.

Y así pasaron los meses, y ya parecía que se iba extinguiendo el hedor, cuando de repente rájale, que se renueva con toda su virulencia Refinada Recrudecida El rufián, desde su tierra se engalló, retador:

- ¿Pues qué, pensaban que iba a quedarme callado? ¿Yo, con la mierda hasta el cuello como la presidencia municipal y anexas, no tengo el derecho de réplica.?

(Pues…)

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